Existe una estrecha relación entre el mito religioso y la idea del fin del mundo. No hay inicio sin final, y cualquier relato que sobreviva el tiempo suficiente, tendrá necesariamente que establecer una teoría escatológica.
Estas teorías son de lo más variadas: hay finales inconclusos que funcionan más como una transición al paraíso; finales que regresan incesantes hasta una liberación que los deja sin sentido; también finales abruptos y definitivos.
En nuestra generación, este relato ha adoptado una forma tecnológica; el desarrollo de la inteligencia artificial ha estado emparejado con la búsqueda de la trascendencia a través de la llegada de la _singularidad_, el momento en el que nuestro golem de arena cobra vida para asumir el control de las nuestra.
La continuación escatológica de este relato puede tomar diversos caminos:
La súperinteligencia convive pacíficamente con la humanidad, encuentra la solución a sus principales problemas y se logra el paraíso en la tierra.
La inteligencia artificial trasciende los valores humanos, su comportamiento nos es ajeno, sus decisiones nos son incomprensibles, se convierte de facto en dios en la tierra.
La inteligencia artificial decide que no tiene sentido la continuidad de la existencia humana y termina con ella.
Asumamos por un momento que la _singularidad_ es algo inevitable, que la humanidad logra desarrollar un ente omnisapiente capaz de razonar y rediseñarse a sí mismo: ¿cuál sería la probabilidad de que este ser responda a los intereses particulares de un puñado de multimillonarios que invirtieron en su desarrollo?